lunes, 4 de agosto de 2008

Un espacio para la locura


El teatro es uno de los tantos escenarios expresivos para desarrollar ideas que, en el mundo normal, pueden ser interpretadas como resultado de la locura.
Curioso, porque ese universo de “cordura” es el que nutre la imaginación de los dramaturgos para exponer las demencias observadas desde la realidad. ¿Qué es lo que lleva a un individuo a subirse a una tarima y hacer cosas que no harían otras personas bajo ninguna circunstancia?
Ser actor (o director de teatro), en Guatemala, es parte de una actividad que no necesariamente puede ser considerada como lucrativa. Esto último depende del género que los involucrados decidan seguir y de su público objetivo. Sin despreciar el espectáculo instantáneo de los cafés teatro o a los artistas que lo desarrollan —ya que también poseen sus méritos— es inevitable hacer notar que las propuestas serias escasean en nuestro medio, aunque eso no sea del todo cierto.
Durante más de un cuarto de siglo, me ha tocado trabajar con (y a la par) de talentos que están luchando por hacer realidad sus sueños. En el presente niños, adolescentes y adultos comparten conmigo un difuso firmamento, que ocupa noches completas durante meses, y luego, cuando hay espacios disponibles, los viernes, sábados y domingos. Otro tipo de diversiones quedan en un segundo plano debido a que el show siempre es lo más importante. De la mano viene la necesidad de expresarse.
La semana pasada, especialmente, pude ver —conmovido— el esfuerzo de los elencos de las dos obras que tenemos en escena. Los niños, ya en los escasos descansos o marcajes técnicos, hacían sus deberes escolares mientras luchaban con el sueño. Los adolescentes, entre los que cuento con artistas que simultáneamente trabajan en otras producciones, camuflando su cansancio y proyectando lo mejor de sí mismos, para —lo que parece imposible de creer— reforzar las acciones de nosotros, los agotados adultos. Sumado a eso, la satisfacción de contar con colegas que, con su experiencia, le siguen sumando valores a los productos creativos que le llevamos al público. Ni se diga, lo especial, que tienen que ser padres, esposos y empleadores para entender las largas ausencias de los protagonistas.
Dos obras; no es la primera vez ni la última (el jueves próximo continuamos con los ensayos de una tercera, 1649 (original de Rubén Nájera), más adelante el Tenorio (dirigido por María Teresa Martínez) y después otro proyecto de Mayro de León. Más de 20 actores —lo que sí es una proeza, ya que hay que ser mago para conjugar temperamentos y horarios disímiles— están ya en el escenario con los Cuadros de Humor y Amor al Fresco. Pero mañana, sin demeritar la propuesta que estrenamos el viernes pasado, es que lucimos nuestro platillo principal: Lily Monster y Alicia en el País de las Maravillas. Drama en el que conseguimos crear un espacio especial para el arte, a partir de referentes como la bipolaridad, esquizofrenia y las alucinaciones.

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